La noche del 14 de marzo, en Relato Centro Cultural, ocurrió uno de esos encuentros que nos recuerdan que la música no siempre necesita del ruido del mundo para existir. A veces basta con el tiempo, con la madera de un piano y con la voz humana atravesando el aire tranquilo de un pueblo antiguo.
Se encontraron allí dos músicos de larga trayectoria: la pianista Marjorie Tanaka y el tenor Hernando Riaño, artistas que han dedicado su vida a la música académica y al canto lírico, y que ahora parecen tocar con la serenidad de quien ya no tiene nada que demostrar.
Como dirían los boleros, llevaban en los gestos la nieve de los años, pero también la claridad que da el oficio cuando se ha recorrido un camino largo: escenarios, conservatorios, estudiantes, repertorios que atraviesan siglos.
La mañana había comenzado con un café compartido mientras se hacía la prueba de sonido. Entre acordes sueltos y fragmentos de escalas apareció la conversación: jazz, flamenco, improvisación, folclores del mundo, incluso la música japonesa... Esa apertura para escuchar otros universos musicales revelaba algo fundamental: los grandes músicos nunca dejan de ser aprendices.
Marjorie Tanaka, formada entre Colombia y Europa, ha dedicado su vida al piano y a la pedagogía, formando generaciones de músicos y explorando el repertorio clásico con la disciplina de quien entiende el instrumento como un universo entero de resonancias.
A su lado, Hernando Riaño, tenor de larga experiencia en el repertorio lírico, ha trabajado durante décadas en el arte del canto, ese extraño milagro en el que el cuerpo humano se convierte en instrumento y el aire se transforma en emoción.
La noche cayó lentamente sobre Villa de Leyva, ese pueblo de piedra y silencio donde la arquitectura parece dialogar con el tiempo. Sus calles blancas y su plaza abierta crean una atmósfera donde cada sonido encuentra un lugar para expandirse... Entonces el piano comenzó a hablar.
Ochenta y ocho teclas abriendo un espacio donde la voz del tenor podía desplegarse con naturalidad. El piano sostenía la arquitectura invisible de la música mientras la voz trazaba las líneas de emoción que atraviesan el repertorio del canto lírico y la ópera.

Escuchar música en un lugar así se vuelve casi un acto filosófico.
Porque cuando el arte se ofrece sin prisa y sin cálculo, aparece algo raro en nuestro tiempo: la escucha verdadera.
Y como ha ocurrido tantas otras veces, Relato Centro Cultural volvió a convertirse en ese punto de encuentro donde el arte reúne a quienes aún creen en un ritual antiguo: sentarse juntos para escuchar música.
Escrito por:
Mercurio Bossio



